DESPUÉS DE QUEDAR VIUDA, ME ENAMORÉ DE UN HOMBRE QUE NUNCA ME PERMITÍA VISITAR SU CASA. MI HIJO ASEGURABA QUE SÓLO QUERÍA QUITARME EL DINERO DEL SEGURO DE MI ESPOSO. UN DÍA FUI A BUSCARLO SIN AVISAR Y ENCONTRÉ SU COCHERA ABIERTA. LO QUE DESCUBRÍ ADENTRO ME HIZO LLORAR.

Nunca imaginé que algún día tendría que preguntarme si podía confiar en él.

Todo comenzó a cambiar el verano siguiente.

Mi vecina Patricia me invitó a un grupo de apoyo para personas que habían perdido a sus parejas.

Las reuniones eran los martes por la tarde, en un salón de una parroquia.

Había sillas plegables.

Café demasiado cargado.

Galletas sencillas.

Y personas que intentaban aprender a vivir después de una pérdida.

Al principio no quería ir.

Me parecía imposible sentarme frente a desconocidos y hablar de Ricardo.

Pero Patricia insistió.

—Mercedes, no tienes que contar nada si no quieres. Sólo acompáñame.

Así que fui.

Y allí conocí a Ernesto.

Tenía sesenta y siete años.

Era viudo.

Había trabajado durante décadas en instalaciones eléctricas.

Era un hombre alto, de hombros anchos y manos grandes.

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