Al llegar arriba, me volví.
Ernesto seguía trabajando.
Tenía los lentes colgados del cuello.
Un poco de aserrín en los hombros.
Y una expresión de concentración que me recordó la primera vez que lo vi reparar la lámpara de mi entrada.
Pensé en Ricardo.
En sus treinta y nueve años a mi lado.
En todo lo que habíamos compartido.
Y por primera vez pude imaginarlo sonriendo al ver a Ernesto.
Creo que le habría caído bien.
Después pensé en Beatriz.
En la mujer que había vivido tantos años en aquella casa.
En sus rosales.
En su mecedora.
En los recuerdos que Ernesto todavía conservaba con tanto cariño.
Y comprendí que ninguno de nosotros estaba traicionando a quienes habíamos amado.
Sólo estábamos aceptando que todavía nos quedaba vida.
Miré la rampa.
La cocina amarilla.