Dos días después de su regreso, Vicente hizo algo tan sencillo que terminó alterando la forma en que San Jacinto del Valle entendía lo que había ocurrido durante años.
Advertisement
No llegó en una camioneta nueva.
No sacó fajos de billetes.
May be an image of one or more people
Tampoco entró a la tienda de Rogelio buscando una pelea.
Esa mañana se levantó antes que sus padres, calentó el café que quedaba en el frasco y encontró a su madre contando tres tortillas sobre la mesa como si estuviera calculando cuánto podía comer cada uno sin quedarse sin nada para la noche.
Vicente miró la taza de peltre que ella había usado para pedir arroz y sintió otra vez el peso de la pregunta que no había podido sacarse de la cabeza desde que llegó.
Advertisement
Durante diez años había enviado dinero.
Cada mes.
Sin faltar uno.
Si sus padres apenas tenían comida, alguien tenía que explicar qué había pasado con ese dinero.
—Voy a salir un rato —dijo.
Ramón levantó la mirada.
—No busques problemas con Rogelio.
Advertisement
Vicente se detuvo junto a la puerta.
—No voy a buscar problemas, papá. Voy a buscar cuentas.
Su padre apretó los labios.
Eso fue suficiente para que Vicente entendiera algo que hasta entonces solo sospechaba: Ramón no le tenía gratitud a Rogelio.
Le tenía miedo.
Vicente caminó hasta la ciudad más cercana y entró al establecimiento desde donde durante años había enviado las remesas destinadas a sus padres.
Llevaba guardados los comprobantes digitales de una buena parte de los envíos recientes y, además, podía consultar el historial de las operaciones realizadas a su nombre.
Advertisement
No necesitaba investigar todo el pueblo.
Solo necesitaba empezar por su propia familia.
Pidió las cantidades de los últimos meses y las anotó una por una en una libreta barata que compró esa misma mañana.
La diferencia era imposible de confundir con una comisión pequeña.
En uno de los meses, Elena y Ramón habían recibido poco más de la mitad.
En otro, todavía menos.
Y había una operación que sus padres aseguraban no haber recibido nunca completa.
Advertisement
Vicente regresó caminando despacio.
No estaba pensando en cuánto dinero había perdido él.
Pensaba en su madre frente a la casa de don Eusebio, sosteniendo una taza vacía con ambas manos.
Cuando llegó al pueblo, no fue a buscar a Rogelio.
Fue con sus padres.
Colocó la libreta sobre la mesa y empezó a leer las cantidades.
—En junio mandé esto.
Advertisement
Elena negó con la cabeza.
—No recibimos eso.
—En julio mandé esto otro.
Ramón miró a su esposa.
—Tampoco.
Vicente siguió hasta que la diferencia dejó de ser una sospecha y se convirtió en algo que ninguno de los tres podía seguir justificando.
Entonces Elena abrió un cajón de la cocina.
Advertisement
De debajo de unos manteles viejos sacó una bolsa de plástico doblada varias veces.
Dentro había pequeños papeles escritos a mano.
No eran recibos oficiales.
Eran notas que Rogelio les había entregado algunas veces con cantidades, fechas y supuestos descuentos por traslado, cambio de moneda o adelantos de mercancía.
Vicente tomó uno.
—¿Por qué nunca me enseñaron esto?
Elena se acomodó el cabello detrás de la oreja.
Advertisement
—Porque tú estabas trabajando lejos.
—Precisamente por eso tenía que saberlo.
—Siempre estabas cansado cuando llamabas —respondió ella—. Y cuando preguntabas si estábamos bien, tu papá decía que sí.
Vicente volteó hacia Ramón.
El hombre no se defendió.
—¿Por qué?
Ramón tardó en contestar.
Advertisement
—Porque cada vez que reclamábamos, Rogelio decía que si no nos parecía podíamos ir nosotros mismos por el dinero.
—¿Y por qué no fueron?
—Porque no siempre puedo viajar —dijo Ramón—. Y porque cuando necesitábamos medicina, comida o alguna herramienta, él nos fiaba.
Vicente entendió entonces el mecanismo completo.
No era solo recoger dinero.
Rogelio se había convertido en la persona que prestaba, vendía, transportaba y llevaba las cuentas de quienes dependían de él.
Una deuda podía mezclarse con una compra.
Advertisement
Una compra podía mezclarse con una remesa.
Y cuando alguien preguntaba demasiado, siempre había una explicación lo bastante complicada para cansar a quien no tenía otra opción.
Pero Vicente sí tenía otra opción.
Esa tarde buscó a don Eusebio.
No le pidió que acusara a nadie.
Solo le hizo una pregunta.
—Cuando sus hijos le mandan dinero, ¿usted sabe exactamente cuánto enviaron?
Advertisement
Eusebio miró hacia la plaza antes de responder.