Levantó la mirada.
Sonrió.
—Es para Sofía.
—¿Para Sofía?
—Quiere ayudar a lavar los platos. Pero todavía no alcanza bien el fregadero.
Me quedé mirándolo.
Aquel hombre estaba construyendo algo para mi nieta.
Una niña que no llevaba su sangre.
Una niña a la que había conocido hacía menos de un año.
Y, sin embargo, estaba dedicando su tarde a preparar algo que la ayudara a sentirse más grande.
Ernesto pasó una mano sobre la madera.
Después me miró.
—Mercedes, estaba pensando en algo.
Sonreí.
—Eso me preocupa.
Él soltó una carcajada.
—Las nueces comienzan a caer por octubre.
—Lo sé, Ernesto.
—Ya falta poco.
—También sé contar.
Volvió a reír.
Después continuó lijando.
Yo caminé hacia la rampa.
Apoyé ambas manos en los pasamanos.
Subí lentamente.
Mis rodillas crujieron como siempre.
Pero no sentí miedo.