DESPUÉS DE QUEDAR VIUDA, ME ENAMORÉ DE UN HOMBRE QUE NUNCA ME PERMITÍA VISITAR SU CASA. MI HIJO ASEGURABA QUE SÓLO QUERÍA QUITARME EL DINERO DEL SEGURO DE MI ESPOSO. UN DÍA FUI A BUSCARLO SIN AVISAR Y ENCONTRÉ SU COCHERA ABIERTA. LO QUE DESCUBRÍ ADENTRO ME HIZO LLORAR.

Lo miré.

—¿Junto a él?

Asintió.

—No hay necesidad de quitar el otro.

Colocamos el nuevo sillón al lado del antiguo.

Durante unos minutos me quedé observándolos.

Dos sillones.

Uno lleno de recuerdos.

El otro esperando recuerdos nuevos.

Ernesto se sentó en el sofá.

Yo me acomodé en el sillón recién restaurado.

El de Ricardo permaneció vacío.

Y así vimos las noticias aquella noche.

Tres asientos.

Dos personas.

Y una paz que no necesitaba explicaciones.

La semana pasada fui a casa de Ernesto un poco más temprano de lo habitual.

La puerta de la cochera estaba abierta.

Se escuchaba música ranchera.

Y el olor a madera recién lijada llegaba hasta el patio.

Lo encontré frente a su banco de trabajo.

Estaba construyendo un pequeño escalón de madera.

Tenía una barandita a un lado.

—¿Y ahora qué está haciendo? —pregunté.

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