Ernesto se divierte con todo eso.
Yo también.
Pero hay algo que valoro más que cualquier propuesta.
Ernesto nunca intenta hacerme sentir que necesito apresurarme.
Sabe que el amor después de una pérdida no se parece al amor de juventud.
No significa olvidar.
Significa encontrar espacio para alguien nuevo sin borrar a quien estuvo antes.
Una tarde de mayo llegó a mi casa con una camioneta de carga.
En la parte trasera traía un sillón.
Era de piel café.
Del mismo estilo que el de Ricardo.
Lo había encontrado en una venta de muebles usados.
Pasó varias semanas restaurándolo.
Cambió algunas piezas.
Reparó el mecanismo.
Y limpió cuidadosamente la tapicería.
Cuando lo bajó, pensé que quería sustituir el sillón viejo.
Sentí un pequeño temor.
Pero Ernesto señaló la ventana.
—Pensé que podríamos ponerlo junto al de Ricardo.