Conocía sus costumbres.
Sabía cómo le gustaba el café.
Cuándo estaba preocupado.
Qué hacía cuando estaba triste.
Y cómo sonaba su risa cuando algo le parecía verdaderamente gracioso.
No quiero apresurarme a comenzar otra vida sin conocer bien a la persona con la que voy a compartirla.
Ernesto lo comprende.
Nunca me presiona.
Nunca me pregunta cuánto tiempo más necesito.
Sólo sonríe.
Y continúa construyendo cosas.
Ahora tenemos nuestras propias costumbres.
Los domingos cenamos en mi casa.
Preparo carne guisada o caldo.
Vemos las noticias.
Él lava los platos.
Yo los seco.
Los martes seguimos asistiendo al grupo de apoyo.
Ya no vamos únicamente por nosotros.
También ayudamos a las personas que llegan por primera vez.
A quienes todavía no saben cómo hablar de su pérdida.
A quienes se sientan en silencio con una taza de café entre las manos.