Llegó acompañado de Laura y los niños.
Emiliano se había quedado dormido en el automóvil.
Mi hijo lo cargó en brazos.
Y caminó hacia la rampa.
Lo observé desde la cocina.
Subió despacio.
Cuando llegó arriba, se detuvo.
Pasó una mano por el pasamanos.
Miró las uniones de madera.
Después dijo:
—Está muy bien hecha.
Ernesto estaba junto a la puerta.
—Gracias.
Julián asintió.
No dijeron nada más.
Pero aquella vez mi hijo entró.
Y eso fue suficiente por ese día.
Con el tiempo, nuestras reuniones familiares comenzaron a recuperar cierta tranquilidad.
Carolina lleva a los niños los domingos.
Julián viene algunas tardes.
Ya no revisa mi teléfono.
No pregunta cuánto dinero tengo.
Y nunca vuelve a abrir una aplicación bancaria sin mi permiso.
A veces se sienta en el lugar que Ricardo ocupaba durante las cenas.