Finalmente dijo:
—Mercedes, todavía no me respondió.
Lo miré.
Había algo tan sencillo y tan humano en su expresión que no pude evitar sonreír.
—Pregúnteme otra vez en Navidad.
Ernesto soltó una carcajada.
—Está bien.
Y aquella tarde comimos pastel.
Las personas se sentaron en sillas plegables.
Algunos utilizaron el borde de la cochera.
Los niños corrieron por el patio.
Patricia repartió café.
Ernesto me mostró el resto de la casa.
Había una habitación junto a la cocina.
La puerta era suficientemente ancha para una silla de ruedas.
El baño tenía barras de apoyo.
Los interruptores estaban colocados a una altura cómoda.
Y junto a la ventana había un pequeño espacio donde podía sentarme a leer.
—Aquí estaba la mecedora de Beatriz —me explicó.
Lo miré.
—¿La quitó?
—La guardé en el cobertizo.
Asentí.
—Qué bueno.