—Adelante, Mercedes.
Me acerqué a la rampa.
Apoyé ambas manos sobre los pasamanos.
Y comencé a subir.
Nadie me sostuvo.
Nadie tuvo que empujarme.
Nadie me pidió que caminara más rápido.
Ernesto había solicitado que me dejaran hacerlo sola.
Cuando llegué arriba, me volví.
Miré a las personas reunidas.
Después la rampa.
Y comprendí algo que no había visto completamente la primera vez.
Ernesto no había construido únicamente una entrada accesible.
Había construido una manera de conservar mi independencia.
Un camino por el que podría entrar y salir de aquella casa incluso si mis rodillas empeoraban.
Un camino que no me obligaría a depender de nadie.
Sentí que las lágrimas me llenaban los ojos.
—Bueno —dije intentando sonreír—, alguien tendrá que hablar porque yo no puedo.
Las personas se rieron suavemente.
Ernesto subió a mi lado.
No se arrodilló.