DESPUÉS DE QUEDAR VIUDA, ME ENAMORÉ DE UN HOMBRE QUE NUNCA ME PERMITÍA VISITAR SU CASA. MI HIJO ASEGURABA QUE SÓLO QUERÍA QUITARME EL DINERO DEL SEGURO DE MI ESPOSO. UN DÍA FUI A BUSCARLO SIN AVISAR Y ENCONTRÉ SU COCHERA ABIERTA. LO QUE DESCUBRÍ ADENTRO ME HIZO LLORAR.

—¿Qué quiere hacer?

—Invitarla el domingo. Puede traer a Carolina, a los niños, a Patricia y a quien usted quiera.

Sonreí débilmente.

—¿Para qué tanta gente?

Ernesto respiró profundamente.

—Porque quiero hacerle una pregunta. Y me gustaría que estuvieran presentes las personas que la quieren.

Tres semanas antes de Navidad llegamos a su casa.

Había unas veinte personas.

Carolina con los niños.

Patricia con dos pasteles.

Varias personas del grupo de apoyo.

Una pareja de vecinos.

Y algunos antiguos trabajadores de Ernesto.

La rampa estaba decorada con luces blancas.

Había una corona navideña en la cochera.

El nogal extendía sus ramas sobre el patio.

Y el olor a café recién preparado salía desde la cocina.

Ernesto me esperaba junto a la entrada.

Llevaba una camisa azul.

Sus lentes colgaban del cordón de siempre.

Y parecía más nervioso que la primera vez que me invitó a tomar café.

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