Con los estados de cuenta sobre las piernas.
Pensando en mi hijo.
En las veces que había confiado en él.
En cómo me decía que no debía preocuparme por el dinero.
Y en la facilidad con que había convertido mi confianza en una oportunidad para aprovecharse.
No sabía qué hacer.
Parte de mí quería llamarlo.
Preguntarle dónde estaba.
Asegurarme de que estuviera bien.
Otra parte quería gritarle.
Exigirle que devolviera cada centavo.
Y una parte más pequeña, pero muy dolorosa, quería fingir que nada había ocurrido.
Porque aceptar la verdad significaba reconocer que mi propio hijo me había traicionado.
A la mañana siguiente recibí una llamada de Ernesto.
—Mercedes, terminé la rampa.
Cerré los ojos.
—Lo sé. Ya caminé por ella.
—También terminé la cocina.
—La vi.
Guardó silencio.
Después dijo:
—Yo quería esperar hasta Navidad, pero creo que ya no tiene sentido seguir ocultándolo.