Ernesto se levantó lentamente.
—Mercedes, quizá sea mejor que me retire.
—No.
Mi respuesta salió más fuerte de lo que esperaba.
Todos me miraron.
—Usted se queda, Ernesto.
Respiré profundamente.
—Ha cenado conmigo todos los domingos desde hace meses. Y es la única persona en esta mesa que no ha intentado ocultarme la verdad.
Julián bajó la cabeza.
—Mamá, eso no es justo.
Lo miré.
—No. No es justo.
Señalé los documentos.
—Tampoco es justo que mi hijo haya utilizado noventa y un mil doscientos dólares de mis ahorros sin pedirme permiso.
En ese momento sonó el timbre.
Era Patricia.
Mi vecina.
La misma mujer que me había llevado al grupo de apoyo.
Traía un pastel.
Antes de jubilarse había trabajado durante casi treinta años en una institución bancaria.
Entró sonriendo.
Pero cuando vio los documentos sobre la mesa, dejó de hacerlo.