Le sostenía la mano.
—No te preocupes, papá. Yo voy a cuidar de mamá.
Ricardo ya casi no podía hablar.
Pero recuerdo que apretó ligeramente los dedos de nuestro hijo.
Fue uno de los últimos gestos conscientes que hizo.
Y ahora ese mismo hijo estaba sentado frente a mí después de utilizar el dinero que su padre había dejado para protegerme.
—Ese dinero era para mi vejez —dije.
Mi voz salió muy baja.
—Para reparar la casa. Para mis tratamientos. Para no tener que depender de ustedes.
Julián tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Mamá, yo…
—También quería guardar algo para mis nietos.
Carolina se levantó y llevó a los niños a otra habitación.
Cuando regresó, tenía el teléfono en la mano.
—Voy a llamar a Laura.
Julián negó desesperadamente.
—No lo hagas.
—Es tu esposa. Tiene derecho a saber lo que está pasando.