—En una cuenta especial.
—¿Qué rendimiento está generando?
No respondió.
—¿Dónde están los contratos?
Miró nuevamente a Ernesto.
—Esto es exactamente lo que te advertí, mamá. Ese hombre está metiéndote ideas en la cabeza.
—Ernesto no ha visto mis estados de cuenta.
Julián soltó una risa.
—Claro.
—Me pidió que los revisara yo misma.
Mi voz se volvió más firme.
—Y eso hice.
Julián apartó su plato.
—Mamá, tú no entiendes cómo funcionan estas inversiones.
Lo miré.
—Administré un área de urgencias durante décadas. Revisé medicamentos, presupuestos, expedientes y procedimientos. Puedo entender un estado de cuenta.
Mi hijo apretó la mandíbula.
—No es lo mismo.
—Entonces explícame dónde están mis noventa y un mil doscientos dólares.
El silencio fue absoluto.
Carolina miró a su hermano.
—Julián, contesta.
Él se levantó.
—No tengo por qué dar explicaciones frente a un desconocido.