Y por primera vez en mi vida me encontré del otro lado de una sala de urgencias.
Ya no era la enfermera que explicaba procedimientos.
Era la esposa que necesitaba escuchar que su marido iba a sobrevivir.
Pero Ricardo no regresó a casa.
Su sillón de piel café sigue junto a la ventana de la sala.
Lo limpio cada semana.
Sacudo el cojín.
Reviso que no acumule polvo.
Pero no me siento allí.
Durante mucho tiempo tampoco permití que nadie más lo hiciera.
Era una costumbre que ni siquiera sabía explicar.
A veces entraba a la sala esperando encontrarlo leyendo el periódico.
O escuchaba un ruido en la cocina y, durante una fracción de segundo, imaginaba que era él preparando café.
Después recordaba que estaba sola.
La soledad tiene una manera extraña de aparecer.
No siempre llega durante las noches.
A veces se presenta cuando compras dos piezas de pan por costumbre.