Los documentos llegaron unos días después.
Doce estados de cuenta.
Los coloqué sobre la mesa de la cocina.
Preparé café.
Saqué un marcador amarillo.
Y me senté a revisarlos.
Durante treinta y cinco años había leído expedientes clínicos.
Sabía que un detalle aparentemente pequeño podía revelar un problema enorme.
En urgencias nunca bastaba con mirar el diagnóstico escrito en la primera página.
Había que revisar fechas.
Medicamentos.
Síntomas.
Resultados.
Y cualquier dato que no encajara.
Aquella mañana hice exactamente lo mismo con mis cuentas.
Tardé once minutos en encontrar el primer movimiento extraño.
Una transferencia.
Tres mil ochocientos dólares.
El día tres de cada mes.
El destinatario aparecía identificado como una empresa de inversiones.
Inversiones JLC.
Miré la fecha.
Después la cantidad.
Pasé a la siguiente página.
Otra transferencia.
El mismo día.