Me quedé dentro del automóvil.
El corazón me latía con fuerza.
¿Y si Julián tenía razón?
¿Y si encontraba a otra mujer?
¿Y si Ernesto había inventado toda su historia?
Respiré profundamente.
Abrí la puerta.
Y caminé hacia la cochera.
Mis rodillas crujieron sobre la grava.
Antes de llegar percibí el olor de la madera recién cortada.
Entonces vi algo que me hizo detenerme.
Desde el piso de la cochera hasta la entrada de la casa había una rampa de madera.
Era ancha.
Sólida.
Con pasamanos a ambos lados.
La superficie estaba perfectamente lijada.
No había bordes ásperos.
Ni clavos sobresalientes.
Me acerqué.
Apoyé una mano sobre el pasamanos.
Estaba colocado a una altura muy particular.
No era la altura de Ernesto.
Era la mía.
Me quedé inmóvil.
Recordé nuestras conversaciones.
Mis rodillas.
La silla de ruedas de mi madre.