Quizá una mujer de sesenta y cuatro años, viuda y con dinero de un seguro, era exactamente el tipo de persona que alguien podía intentar engañar.
Pero había algo que no encajaba.
Ernesto nunca preguntaba cuánto dinero tenía.
No se interesaba por mis cuentas.
No me pedía regalos.
No sugería inversiones.
Ni intentaba convencerme de vender mi casa.
Al contrario.
Cuando yo hablaba de cambiar algún mueble, siempre me decía que no había necesidad de gastar si el que tenía todavía servía.
Y cada vez que mencionaba mis rodillas, su expresión cambiaba.
No parecía un hombre calculando cuánto podía obtener de mí.
Parecía alguien preocupado por algo que no sabía cómo explicarme.
Durante treinta y cinco años había aprendido a observar a las personas.
No siempre acertaba.