Me dije que seguramente había leído mal.
Después de todo, llevaba meses sin consultar los movimientos.
Dos días más tarde Carolina me llamó.
Su voz sonaba preocupada.
—Mamá, tengo que decirte algo.
—¿Qué pasó?
—Julián dice que, si sigues viendo a Ernesto, no va a llevar a los niños a tu casa.
Sentí que me faltaba el aire.
Sofía tenía seis años.
Emiliano, cuatro.
Yo había cuidado a ambos desde que eran bebés.
Les preparaba galletas.
Los llevaba al parque.
Les leía cuentos.
Y Sofía había aprendido a amarrarse las agujetas sentada junto a mí.
La idea de dejar de verlos me destrozó.
—¿Por qué haría eso? —pregunté.
Carolina suspiró.
—Dice que está tratando de protegerte.
Aquella noche no pude dormir.
Comencé a preguntarme si Julián tenía razón.
Quizá la soledad me había vuelto ingenua.