Otra noche hablamos de nuestra infancia.
Le describí la cocina de la casa donde crecí.
Las paredes eran de un amarillo suave, parecido al color de las flores de cempasúchil cuando les da la luz de la mañana.
Los gabinetes eran blancos.
Había una ventana sobre el fregadero.
Desde allí se veía un nogal enorme que mi abuelo había plantado.
Mi madre preparaba tortillas mientras escuchaba la radio.
Y yo hacía la tarea sentada junto a la mesa.
Ernesto me preguntó varias veces por el color de las paredes.
—¿Era amarillo fuerte?
—No. Más clarito.
—¿Como crema?
—No exactamente. Como mantequilla, pero un poquito más cálido.
Lo vi anotar algo en una servilleta.
Me reí.
—¿Está planeando pintar su casa con mis recuerdos?
Él sonrió.
—Tal vez.
No imaginé que estaba diciendo la verdad.
Mi hijo Julián, en cambio, comenzó a sospechar.