Cuando quise revisarlo, escondió la mano.
—No es nada. Una astilla.
—Trabajé treinta y cinco años en urgencias, Ernesto. Déjeme verlo.
Sonrió.
—Prometo que no necesito puntos.
También empezó a hacerme preguntas extrañas.
Una noche me quejé del dolor de rodillas.
Había pasado demasiados años caminando por los pasillos del hospital.
Algunas mañanas me costaba subir escaleras.
Le conté que mi madre había terminado usando una silla de ruedas.
Ernesto se quedó pensativo.
—¿Su mamá era más alta que usted?
—Un poquito más baja.
—¿Y qué tan difícil le resultaba entrar a la casa?
Me sorprendió la pregunta.
Pero respondí.
Le conté cómo mi padre había tenido que instalar una rampa de madera.
Cómo habíamos cambiado algunos muebles.
Y cómo mi madre se había negado durante meses a aceptar que necesitaba ayuda.
Ernesto escuchó sin interrumpir.