En un buen día, podía juntar suficiente material reciclable para ganar doscientos pesos. En un mal día, apenas llegaba a ochenta. Y con ese dinero tenía que comprar arroz, pescado seco barato, aceite de cocina, jabón, medicinas cuando mis hijos se enfermaban, y ahorrar cada centavo posible para emergencias que siempre llegaban más rápido de lo que podía prepararme para ellas.
Por las noches, después de bañar a Leo y Luna con agua fría de una cubeta de plástico, después de darles de comer lo que había conseguido ese día, después de cantarles canciones de cuna hasta que finalmente se quedaban dormidos sobre cartones extendidos en el piso de tierra de nuestra choza, me sentaba en la oscuridad con una vela encendida y sostenía una fotografía descolorida de Gabriel.
Era la única foto que había salvado de nuestra vida anterior. Mostraba a Gabriel sonriendo en la playa,