No tenía estudios formales más allá de la escuela secundaria que había abandonado a los diecisiete años cuando quedé embarazada de Leo. No tenía trabajo porque había pasado los últimos cinco años siendo ama de casa y madre mientras Gabriel traía el único ingreso a nuestra familia. No tenía familiares que pudieran ayudarnos porque mis padres habían muerto en un accidente de autobús cuando yo tenía quince años y Gabriel había crecido en un orfanato sin conocer nunca a su familia biológica.
Durante los primeros meses después de su muerte, sobreviví gracias a la caridad temporal de vecinos que nos daban comida sobrante y a los pequeños trabajos ocasionales que conseguía lavando ropa, limpiando casas o vendiendo caramelos en las esquinas de calles transitadas mientras mis hijos esperaban en casa bajo el cuidado de una anciana vecina que cobraba cincuenta pesos por día, dinero que raramente tenía pero que ella aceptaba con paciencia porque entendía que yo no tenía otras opciones.