EL NOVIO DE MI MADRE DE 72 AÑOS SIEMPRE SE IBA ANTES DE LAS 7:30 DE LA NOCHE, Y TODOS CREÍAMOS QUE TENÍA OTRA MUJER. PERO UNA NOCHE MI HIJA DE 15 AÑOS LO SIGUIÓ Y REGRESÓ LLORANDO, CON SU VIEJO MALETÍN ENTRE LOS BRAZOS. CUANDO LO ABRIMOS, MI MADRE SE LLEVÓ LAS MANOS A LA BOCA. ENTONCES MI HIJA SUSURRÓ: «ABUELITA, ESO NO ES LO PEOR. VI A QUIÉN LE LLEVA ESTAS COSAS TODAS LAS NOCHES».

—Conocí a un señor muy amable en el grupo de jardinería.

—¿Ah, sí? —pregunté.

—Sí. Me ayudó a cargar unas macetas.

—Qué atento.

—También me explicó cómo salvar mi bugambilia.

La miré.

—Mamá, ¿cómo se llama?

Se sonrojó.

Mi madre, a sus setenta y dos años, se sonrojó como una muchacha.

—Roberto.

No pude evitar sonreír.

Dos semanas después, Roberto la invitó a tomar café.

Al mes siguiente comenzaron a salir juntos.

Y poco a poco vi regresar a la mujer que había conocido antes de la muerte de mi padre.

Mi madre volvió a pintarse los labios.

Compró un perfume nuevo.

Se arreglaba el cabello antes de salir.

Y una tarde apareció en mi casa con un vestido rojo que jamás se habría atrevido a comprar durante sus años de viudez.

—¿Cómo me veo? —preguntó.

Camila levantó la mirada de su cuaderno.

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