Mi madre lo abrazó.
Y yo me quedé observándolos.
Aquel hombre que siempre parecía tan sereno llevaba meses enfrentando el miedo más grande de su vida sin permitir que nadie lo ayudara.
Esa noche dejó de hacerlo.
Los meses siguientes fueron difíciles.
Mucho más difíciles de lo que imaginábamos.
Lucía continuó con sus tratamientos.
Hubo días en que se sentía suficientemente bien para jugar.
Y otros en que apenas podía comer.
Algunas noches tenía fiebre.
Otras estaba demasiado cansada para escuchar el cuento completo.
Pero siempre pedía que Roberto estuviera allí.
Y él nunca faltaba.
La diferencia era que ahora no iba solo.
Mi madre comenzó a acompañarlo con frecuencia.
Le llevaba libros nuevos.
Pequeños juguetes.
Dibujos de flores.
Y unas mantitas suaves que ella misma tejía.
Mi tía Rosa preparaba comida para Roberto, porque descubrió que muchas veces pasaba todo el día sin alimentarse bien.