EL NOVIO DE MI MADRE DE 72 AÑOS SIEMPRE SE IBA ANTES DE LAS 7:30 DE LA NOCHE, Y TODOS CREÍAMOS QUE TENÍA OTRA MUJER. PERO UNA NOCHE MI HIJA DE 15 AÑOS LO SIGUIÓ Y REGRESÓ LLORANDO, CON SU VIEJO MALETÍN ENTRE LOS BRAZOS. CUANDO LO ABRIMOS, MI MADRE SE LLEVÓ LAS MANOS A LA BOCA. ENTONCES MI HIJA SUSURRÓ: «ABUELITA, ESO NO ES LO PEOR. VI A QUIÉN LE LLEVA ESTAS COSAS TODAS LAS NOCHES».

Mi madre lo abrazó.

Y yo me quedé observándolos.

Aquel hombre que siempre parecía tan sereno llevaba meses enfrentando el miedo más grande de su vida sin permitir que nadie lo ayudara.

Esa noche dejó de hacerlo.

Los meses siguientes fueron difíciles.

Mucho más difíciles de lo que imaginábamos.

Lucía continuó con sus tratamientos.

Hubo días en que se sentía suficientemente bien para jugar.

Y otros en que apenas podía comer.

Algunas noches tenía fiebre.

Otras estaba demasiado cansada para escuchar el cuento completo.

Pero siempre pedía que Roberto estuviera allí.

Y él nunca faltaba.

La diferencia era que ahora no iba solo.

Mi madre comenzó a acompañarlo con frecuencia.

Le llevaba libros nuevos.

Pequeños juguetes.

Dibujos de flores.

Y unas mantitas suaves que ella misma tejía.

Mi tía Rosa preparaba comida para Roberto, porque descubrió que muchas veces pasaba todo el día sin alimentarse bien.

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