Mi madre permaneció en silencio durante varios segundos.
Después hizo la pregunta que todos teníamos en la mente.
—Roberto, ¿por qué me escondiste a tu nieta?
Él levantó la mirada.
Parecía más vulnerable que nunca.
—Porque tuve miedo.
Mi madre frunció el ceño.
—¿Miedo de qué?
Roberto la observó.
—De hacerte sufrir.
Ella negó lentamente.
—No entiendo.
Él respiró profundamente.
—Elena, cuando te conocí, me contaste que habías pasado once años sola después de perder a tu esposo.
Mi madre comenzó a llorar.
—Sí.
—Y después te vi volver a sonreír.
Su voz se quebró.
—Te vi emocionarte por las flores. Por nuestras conversaciones. Por las cosas pequeñas.
Se limpió una lágrima.
—No sabía cómo decirte que mi vida estaba llena de hospitales, tratamientos y miedo.
Mi madre lo miraba sin hablar.
Roberto continuó:
—Pensé que no era justo pedirte que te encariñaras con una niña a la que quizá podrías perder.