Después encontramos un pequeño gorrito tejido.
Era amarillo.
Tan diminuto que parecía hecho para una muñeca.
También había una pulsera de hospital.
Y una fotografía.
En la imagen aparecía Roberto sentado junto a una cama de hospital.
A su lado había una niña pequeña.
Tenía el rostro delgado.
Los ojos grandes.
Y una sonrisa que iluminaba toda la fotografía.
Roberto sostenía su mano.
Ambos parecían estar riéndose.
Mi madre levantó la imagen.
—¿Quién es esta niña?
Camila se dejó caer en una silla.
Las lágrimas seguían bajando por sus mejillas.
—Se llama Lucía.
Mi madre se quedó inmóvil.
—¿Lucía?
—Tiene seis años, abuelita.
Camila se limpió la cara con la manga.
—Seguí a Roberto hasta un hospital infantil.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Un hospital?