EL MEJOR AMIGO DE MI ESPOSO LLEVABA A NUESTRA HIJA DE 16 AÑOS A SUS CLASES DE BALLET TRES VECES POR SEMANA. DE PRONTO, ELLA DEJÓ DE HABLARNOS, ESCONDIÓ SUS ZAPATILLAS Y COMENZÓ A LLORAR A PUERTA CERRADA. UN DÍA FUI A LA ACADEMIA SIN AVISAR Y DESCUBRÍ QUE MI HIJA NO ESTABA ALLÍ. CUANDO SU MAESTRA ME DIJO: «SEÑORA, ¿SU HIJA NO LE HA CONTADO LO QUE ESTÁ PASANDO?», SENTÍ QUE EL MUNDO SE ME VENÍA ENCIMA.

Y regresaba por la noche cansada, hambrienta y feliz.

Apenas entraba a casa comenzaba a contarnos lo que había aprendido.

—¡Mamá, hoy por fin me salió la combinación!

Dejaba la mochila junto a la puerta.

Se sujetaba de una silla.

Y comenzaba a demostrar sus movimientos entre la mesa y el refrigerador.

—¡Cuidado, Camila!

Ella se reía.

—¡Ya sé, mamá!

Mauricio la observaba con orgullo.

A veces le pedía que repitiera un movimiento porque no había alcanzado a verlo.

Camila protestaba.

Pero terminaba haciéndolo.

Nuestra casa estaba llena de música.

De conversaciones sobre ensayos.

De zapatillas olvidadas debajo del sofá.

Y de planes para las próximas presentaciones.

Hasta que un día todo comenzó a cambiar.

Al principio fueron cosas pequeñas.

Camila regresaba de la academia y subía directamente a su habitación.

Ya no nos mostraba sus movimientos.

Dejó de hablar de sus compañeras.

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