Había decenas de aspirantes.
Muchachas con años de preparación.
Algunas provenientes de escuelas especializadas.
Nosotros intentamos no ilusionarnos demasiado.
Pero una tarde llegó un correo electrónico.
Camila lo abrió mientras estábamos cenando.
Leyó las primeras líneas.
Se quedó inmóvil.
Después comenzó a gritar.
—¡Mamá! ¡Papá! ¡Me aceptaron!
Se levantó de la silla.
Corrió alrededor de la mesa.
Y terminó abrazándonos a los dos.
Además, había obtenido una beca que cubría gran parte de la colegiatura.
Aquella noche lloramos de felicidad.
Mauricio la levantó del suelo como cuando era pequeña.
—¡Mi bailarina!
Camila se reía y lloraba al mismo tiempo.
Nunca la había visto tan feliz.
Sólo había un problema.
La academia quedaba a casi una hora de nuestra casa.
Las clases terminaban después de las ocho de la noche.
Y Camila debía asistir tres veces por semana.