Tuvimos que cambiar eso.
Comenzamos a celebrar otras cosas.
Su paciencia.
Su sentido del humor.
La manera en que ayudaba a las niñas pequeñas.
Su valentía para hablar de sus miedos.
Y también los días en los que simplemente descansaba.
Aprendimos a decirle que estábamos orgullosos de ella incluso cuando no había conseguido nada especial.
Porque no necesitaba ganar una audición para merecer nuestro amor.
No necesitaba bailar perfectamente.
Ni convertirse en profesional.
Ni cumplir el futuro que todos habíamos imaginado.
Sólo necesitaba ser Camila.
Nuestra hija.
La muchacha que llenaba nuestra casa de música.
La que siempre dejaba sus libros abiertos sobre la mesa.
La que discutía con su padre por el volumen de la televisión.
Y la que todavía buscaba mi abrazo cuando tenía un día difícil.
Hace unas semanas ocurrió algo que me hizo comprender cuánto habíamos cambiado.