Y sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
Porque por primera vez en mucho tiempo escuché la risa de Camila dentro de un salón de ballet.
No era exactamente la vida que había imaginado.
Pero era una nueva manera de permanecer cerca de su pasión.
Con el tiempo descubrió que tenía una habilidad especial para enseñar.
Era paciente.
Observadora.
Y sabía explicar los movimientos con palabras que las niñas podían comprender.
Cuando alguna se frustraba, Camila se sentaba junto a ella.
—No tienes que aprenderlo todo hoy.
Otras veces decía:
—Lo importante es intentarlo sin lastimarte.
Las niñas comenzaron a quererla muchísimo.
La buscaban cuando llegaban.
Le enseñaban sus dibujos.
Y le preguntaban si estaría presente en sus pequeñas presentaciones.
Camila también comenzó a crear coreografías sencillas.
Se sentaba frente a una libreta.