EL MEJOR AMIGO DE MI ESPOSO LLEVABA A NUESTRA HIJA DE 16 AÑOS A SUS CLASES DE BALLET TRES VECES POR SEMANA. DE PRONTO, ELLA DEJÓ DE HABLARNOS, ESCONDIÓ SUS ZAPATILLAS Y COMENZÓ A LLORAR A PUERTA CERRADA. UN DÍA FUI A LA ACADEMIA SIN AVISAR Y DESCUBRÍ QUE MI HIJA NO ESTABA ALLÍ. CUANDO SU MAESTRA ME DIJO: «SEÑORA, ¿SU HIJA NO LE HA CONTADO LO QUE ESTÁ PASANDO?», SENTÍ QUE EL MUNDO SE ME VENÍA ENCIMA.

Pero que no podían prometerle que algún día sería seguro regresar a las exigencias del ballet profesional.

Aquella posibilidad la había destrozado.

Camila llevaba años imaginando su futuro sobre un escenario.

Había sacrificado fiestas.

Vacaciones.

Tardes con sus amigas.

Había practicado hasta que le dolían los pies.

Había ahorrado para comprar zapatillas.

Y finalmente había conseguido una beca que parecía acercarla a su sueño.

Entonces, en cuestión de días, todo quedó suspendido.

—No sabía cómo decirles —sollozó.

Mauricio le tomó la mano.

—Hija…

Pero ella continuó:

—Papá, tú cambiaste tus horarios para que pudiera bailar.

Miró hacia mí.

—Mamá, tú trabajaste horas extras para pagarme los cursos.

Las lágrimas le corrían por las mejillas.

—Los dos estaban tan orgullosos de mí.

Negué lentamente.

—Camila…

—Cada vez que hablaban de mi futuro sonreían.

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