Dos semanas después, el señor Bennett organizó una reunión con mis tres hijos, Beatrice y los abogados que correspondía consultar.
No fue una lectura de testamento.
Fue una revisión de los documentos relacionados con los bienes familiares y las operaciones antiguas.
Yo asistí acompañada de Miriam, una abogada independiente que me ayudaba a comprender mis derechos y a proteger mis intereses.
David se sentó a mi derecha.
Margaret estaba a mi izquierda.
Thomas, el menor, parecía nervioso.
Beatrice llegó con su propio abogado.
El señor Bennett comenzó explicando que la existencia de una escritura o una anotación financiera no bastaba, por sí sola, para demostrar que alguien hubiera cometido un delito.
Era necesario examinar los documentos completos, establecer la titularidad de los bienes y comprender las operaciones.
Después abrió la carpeta azul.
Mostró las escrituras.
Las cartas.
Los registros de transferencias.