«Para mi querida Elnora Ruthanne. Cuando llegue el momento de que sepas que siempre has pertenecido a ese lugar».
Me temblaban tanto las manos que necesité varios segundos para abrirlo.
La primera línea me hizo contener la respiración.
«Mi querida Elnora:
Si estás leyendo esta carta, significa que ya no estoy allí para discutir contigo cuando insistas en que no necesitas nada.
Te conozco demasiado bien, cariño».
Solté una risa entre lágrimas.
Podía escuchar su voz perfectamente.
Continué leyendo.
«Durante veintiséis años has cuidado de mi hogar como si fuera tuyo. Pero la verdad es que llevas cuidándolo mucho más tiempo del que imaginas.
Tu madre también lo hizo.
Cuando yo era una joven recién casada, tu madre, Ruthanne, fue una de las primeras personas que me tendió la mano. En aquellos años, mi matrimonio era difícil y yo estaba mucho más sola de lo que la gente suponía. Tu madre jamás me trató como a una mujer rica. Me trató como a una persona.