Con todo mi cariño,
Henrietta».
Cuando terminé de leer, no pude contener las lágrimas.
Miriam me dejó llorar sin decir nada.
Después de unos minutos, doblé la carta con cuidado.
—¿Por qué nunca me lo dijo?
La abogada respondió con delicadeza.
—Quizá quería asegurarse de que no te sintieras obligada a aceptar el regalo mientras ella vivía. O quizá sabía que habrías intentado convencerla de cambiar de opinión.
Solté una risa temblorosa.
—Sí. Habría discutido con ella durante semanas.
Miriam sonrió.
—Entonces parece que conocía bien a su amiga.
Guardé la carta en el bolso, junto a la copia de la escritura.
Por primera vez desde su muerte, sentí que Henrietta estaba sentada conmigo, tomando café y esperando a que dejara de preocuparme por cosas que ya no podía cambiar.
Y también comprendí algo que nunca había entendido cuando era joven.