Nunca me pediste nada extraordinario.
Y precisamente por eso quise darte algo extraordinario.
No quiero que confundas esta decisión con una deuda. No te estoy pagando veintiséis años de trabajo con una casa. Tu trabajo fue remunerado según nuestro acuerdo, y eso es distinto.
Te dejo esta propiedad porque quiero que tengas seguridad, libertad y un hogar que nadie pueda quitarte simplemente porque ya no seas útil para ellos.
Quiero que puedas envejecer sin preguntarte cada mes si tendrás dinero suficiente para las facturas.
Quiero que puedas sentarte en el porche y mirar los árboles sin tener que esperar a que alguien te diga que ya no necesitas estar allí.
Y quiero que recuerdes a tu madre cuando mires la casa blanca.
Ella fue una mujer extraordinaria.
Si alguna vez dudas de ti misma, recuerda que no te elegí por lástima. Te elegí porque conozco tu corazón.