Eso era lo que yo había querido conseguir.
No una humillación pública.
Una lección que evitara errores futuros.
Con Glenn, las cosas fueron más difíciles.
Durante varias semanas no recibí noticias suyas.
Después llegó una carta.
No contenía excusas sobre nuestro padre, ni bromas sobre mi carrera, ni intentos de convencerme de que todo había sido un malentendido.
Solo decía que llevaba años sintiéndose inferior a mí y que, en lugar de enfrentarse a sus propias inseguridades, había elegido ridiculizar aquello que no comprendía.
Escribió que le avergonzaba haber disfrutado de mi humillación en la celda.
Y terminó con una frase que leí varias veces:
«No espero que me perdones porque por fin haya visto tus estrellas. Espero poder convertirme algún día en un hermano que no necesite verlas para respetarte».
Doblé la carta y la guardé en el cajón de mi escritorio.