Carolina se incorporó desesperadamente.
—¡Necesito saber si Ana está bien!
Laura tomó su mano.
—Vamos a averiguarlo.
Aquella tarde, Ricardo recibió otro informe.
Sergio Valdés no había solicitado voluntariamente su traslado.
Había sido enviado a otra prisión mediante una orden extraordinaria.
Firmada por Elena Vargas.
Pero había algo todavía más extraño.
Antes de trabajar en Santa Lucía, Sergio había sido empleado de una empresa privada de seguridad.
Una empresa cuyo propietario figuraba en el expediente judicial de Carolina.
Ricardo leyó el nombre dos veces.
Eduardo Salinas.
El esposo al que Carolina había matado.
—¿Cómo es posible? —murmuró.
El investigador explicó que Eduardo había tenido participaciones en varios negocios antes de su muerte.
Uno de ellos estaba relacionado con servicios de vigilancia.
Ricardo comprendió que aquella conexión debía investigarse.
Pero el descubrimiento más importante llegó al revisar los documentos del juicio.