FUI AL ACTO DE GRADUACIÓN DE MI HIJO

 

—Señora —me dijo el director estrechándome la mano con las dos suyas—, en treinta años dirigiendo esta institución, jamás había visto una lección de vida y de gratitud tan grande como la que nos acaba de dar su hijo hoy. Es un verdadero honor tenerla en esta casa de estudios.Pero las sorpresas no terminaron ahí.

Cuando se acabó la ceremonia y salimos al patio para las fotos, se nos acercó un hombre mayor, de traje gris impecable, que había estado sentado junto al rector. Resultó ser el dueño de uno de los bufetes de abogados más prestigiosos de la capital y miembro del patronato de la universidad.

Miró a mi hijo, luego me miró a mí —que todavía traía puesta la medalla sobre el uniforme de limpieza— y le dijo a mi muchacho:

—Joven, en mi firma recibimos cada año a cientos de graduados con promedios perfectos de las mejores escuelas, pero la lealtad, la humildad y el carácter que demostraste hoy al honrar a tu madre no se enseñan en ninguna universidad del mundo. Si un hombre es capaz de defender y agradecer así sus raíces frente a todos, sé que puedo confiarle mi empresa con los ojos cerrados. Mañana mismo tienes un escritorio esperándote en mi despacho con un sueldo base y todas las prestaciones de ley.

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