En ese preciso instante, el director de la facultad se puso de pie de golpe. Se quitó los lentes para limpiarse una lágrima que le rodaba por la mejilla y empezó a aplaudir con todas sus fuerzas. Detrás de él se levantaron todos los maestros del presídium, luego mis compañeros de generación y, en cuestión de segundos, las más de quinientas personas del auditorio estaban de pie, aplaudiendo a rabiar.
Aquel aplauso era tan fuerte que parecía que el techo se iba a caer. Las mismas señoras de vestidos caros y joyas brillantes que al principio me habían barrido con la mirada desdeñosamente cuando entré, ahora tenían la mano en el pecho y se secaban el llanto con pañuelos de papel, mirándome no con lástima, sino con un respeto profundo.
Mi hijo me tomó del brazo con orgullo, como si estuviera escoltando a una reina, y caminó conmigo por todo el pasillo central. Yo iba mirando mis tenis viejos avanzar sobre la alfombra roja, sintiendo que caminaba sobre las nubes. Cuando llegamos hasta adelante, el propio director bajó los escalones e hizo que trajeran una silla de honor para colocarla justo en el centro de la primera fila, reservada para las autoridades de la universidad.