Era una mujer delgada, de rostro pálido y cabello castaño.
Cuando vio a Daniel, dejó caer la taza que sostenía.
El sonido de la porcelana rota llenó la habitación.
—No puede ser… —susurró.
Daniel se quedó inmóvil.
Conocía aquella voz.
—¿Isabella?
La mujer comenzó a llorar.
Doce años atrás, Isabella Miller había trabajado como enfermera en un hospital donde Daniel se recuperaba de un atentado.
Había sido la única persona que lo trató como un ser humano y no como un criminal poderoso.
Durante meses, ella cuidó sus heridas.
Y cuando Daniel intentó agradecerle ofreciéndole dinero, Isabella se negó.
Después desapareció.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Daniel.
Isabella miró a Sophie.
—No quiero problemas. Por favor, déjanos tranquilas.
—Solo quiero ayudar.
—Tu mundo ya nos hizo suficiente daño.
Daniel sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
Isabella abrió un cajón y sacó una fotografía antigua.