A varios kilómetros de distancia, Paulina estaba sentada en la cocina de su madre, Teresa.
Tenía delante una taza de café que llevaba una hora sin tocar.
—Hija, tienes que contarme qué ocurrió —insistió Teresa.
Paulina respiró profundamente.
—Regresé antes de Querétaro porque quería sorprender a Felipe.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Cuando llegué, escuché que hablaba por teléfono con Rebeca. Le decía que la esperaba en nuestra habitación.
Teresa apretó los labios.
—Ese desgraciado…
—Después escuché el mensaje de la morgue. Decían que yo estaba muerta.
—¿Y no dijiste nada?
Paulina negó lentamente.
—Tuve miedo, mamá. Alguien llevaba mi ropa. Mis joyas. Hasta mi nombre.
Su madre le tomó las manos.
—Entonces tenemos que ir a la policía.
Paulina asintió.
Pero antes de levantarse recibió un mensaje desconocido.
«Si quieres saber por qué tu vestido apareció en un cadáver, revisa lo que tu esposo guarda detrás del escritorio».