Mateo retrocedió en su silla.
Entonces una luz se encendió en el antiguo intercomunicador.
Aquel sistema llevaba más de un año desconectado.
La bocina soltó estática.
Y escuché la voz de mi esposa muerta.
Clara.
Inconfundible.
«Adrián, no confíes en el hombre que vigila las cámaras.»
Volteé lentamente.
Tomás estaba detrás de nosotros.
Y por primera vez en 15 años, mi mano dejó de saber si debía buscar su hombro o mi pistola.
Parte 2: No acusé a Tomás.
Todavía no.
Seguimos a Mateo hasta la biblioteca del pasillo rojo.
Él señaló un panel junto a la chimenea. Después de varios intentos encontramos un mecanismo oculto detrás de una pequeña flor de latón.
La pared se abrió.
Dentro había una cavidad.
Vacía.
Mateo comenzó a llorar.
«Teléfono… no está.»
Tomás iluminó el interior.