Diez minutos después estaba comiendo una manzana.
En 3 días consiguió más reacciones de Mateo que nosotros en varios meses.
Y entonces llegó aquella madrugada.
Mateo gritó.
Corrí hacia su habitación con la pistola en la mano. Tomás venía detrás.
Cuando abrí la puerta, Elena estaba sentada sobre la cama abrazándolo. Mateo temblaba contra su pecho.
«Aléjate de él.»
Elena ni siquiera se movió.
«Está teniendo una pesadilla.»
«He dicho que te apartes.»
«Y yo le estoy diciendo que ahora necesita sentir que alguien está aquí.»
Di un paso adelante.
Ella miró la pistola.
«Guárdela.»
Sentí subir mi furia.
«¿Me estás dando órdenes en mi propia casa?»
«Su hijo está mirando el arma.»
Bajé la vista.
Mateo me observaba como si la pistola fuera parte de su pesadilla.
La dejé sobre una cómoda.
Elena siguió abrazándolo hasta que dejó de temblar.