—¿Conservas los documentos?
Asentí.
—Sí.
—Entonces deberías llevarlos a un abogado. No tienes por qué asumir obligaciones que legalmente no te correspondan.
Lo miré sorprendida.
—No puedo pagar un abogado.
Lorenzo respondió:
—La familia tiene un programa de asistencia jurídica para empleados. Puedes utilizarlo sin comprometer tu independencia.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
Durante meses había esperado que alguien me dijera que no tenía que enfrentarme sola a todo.
Y finalmente estaba escuchándolo.
Pasaron tres semanas.
Mi embarazo avanzaba bien.
Giovanni comenzaba a comunicarse con mayor facilidad.
Y Lorenzo, aunque seguía siendo un hombre reservado, había empezado a pasar todas las tardes con su padre.
Una noche los encontré mirando fotografías antiguas.
Giovanni había seleccionado una imagen de una mujer joven con cabello oscuro.
Era hermosa.
Llevaba un vestido blanco y sostenía a un bebé.