A los nueve meses de embarazo, desperté drogada y atada a una moto acuática mientras la amante de mi esposo aceleraba y él miraba desde la orilla. “Agárrate mejor”, se rio ella cuando supliqué que parara. Sentí sangre, levanté la muñeca y presioné un botón… sin saber que esa señal iba a destruir mucho más que su matrimonio.

PARTE 1

—Si de verdad confías en mí, súbete a la moto acuática y deja de comportarte como una embarazada de porcelana.

Eso me dijo Rodrigo Salgado frente a veinte empleados, dos inversionistas y la mujer con la que llevaba meses engañándome.

Yo tenía nueve meses de embarazo.

Y él lo sabía.

Llevábamos diez años casados. Cuando conocí a Rodrigo en Guadalajara, apenas tenía un coche usado y una pequeña empresa de logística. Yo nunca le conté quién era realmente mi familia.

Para él, mi padre, Héctor Mendoza, era un marino retirado que daba de comer a las aves en Chapultepec; mi madre, Elena, una señora discreta. Ignoraba que mi padre había sido vicealmirante, que mi madre administraba un poderoso fideicomiso familiar y que parte del crecimiento de su propia empresa había sido financiado, en silencio, con dinero mío.

Oculté todo porque quería saber si me amaba a mí, no a mi apellido.

Ese día entendí lo mal que había medido su amor.

Rodrigo organizó un “retiro empresarial” en una exclusiva ensenada de Baja California Sur. Cuando llegué, encontré yates, alcohol, música y carreras de motos acuáticas. Camila Ortega, su directora de relaciones públicas, estaba recostada junto a la alberca con un traje de baño blanco y una sonrisa que ya no intentaba ocultar nada.

—Solo será una vuelta —dijo ella.

—No —respondí, protegiendo mi vientre—. Mi embarazo es de alto riesgo. Puedo entrar en labor en cualquier momento.

Rodrigo vio que varios empleados grababan y cambió de actitud.

—Tienes razón. Fue una tontería.

Me besó la frente y me entregó dos cápsulas.

—Son tus vitaminas.

Las tomé.

Una hora después desperté con agua salada golpeándome la cara.

Estaba mar adentro, sentada sobre una moto acuática. Una correa rodeaba mi cintura por debajo del vientre. Mis muñecas estaban sujetas al manubrio. A unos metros, Camila conducía otra moto. Una cuerda unía ambos vehículos.

—¡Rodrigo! —grité.

En la playa, él estaba de pie con una copa en la mano.

Camila aceleró.

La cuerda se tensó y mi cuerpo salió disparado. Mi abdomen golpeó el tablero. Caí de lado, tragué agua y sentí un dolor que me atravesó desde la espalda hasta la pelvis.

—¡Estoy embarazada! ¡Detente!

Camila volteó apenas.

—Entonces agárrate bien.

Yo le tenía pánico al mar desde que, en la universidad, salvé a Rodrigo de una corriente en Puerto Vallarta. Ese día prometió que nunca permitiría que volviera a sufrir por su culpa.

Ahora se reía mientras yo luchaba por respirar.

Otra vuelta.