Otro tirón.
Entonces sentí algo caliente entre las piernas.
Sangre.
Con la mano libre presioné el botón de emergencia del reloj que mi padre me había dado. Envió mi ubicación y abrió una llamada.
—Papá —susurré.
—Valeria, ¿qué pasa?
Miré la sangre mezclándose con el agua.
—Llama a Marina. A Capitanía. A quien tengas que llamar.
Una ola me golpeó.
—Están intentando matarme.
Minutos después apareció un helicóptero. Luego otro.
Una patrulla de la Secretaría de Marina cerró el acceso marítimo y ordenó que ninguna embarcación se moviera.
Camila dejó de acelerar.
Rodrigo palideció.
—¿Pero quién demonios es tu padre? —murmuró.
Yo ya casi no podía oírlo.
Porque mientras los rescatistas descendían hacia mí, supe que mi bebé había dejado de moverse.
Y lo que encontraron después en la habitación del hotel demostraría que aquello nunca había sido un simple “juego”.
No podía imaginar lo que estaba a punto de salir a la luz…
PARTE 2
—Fue un accidente —repitió Rodrigo cuando los marinos le preguntaron por qué su esposa embarazada estaba drogada, amarrada y sangrando en medio del mar.
Nadie le respondió.
Un rescatista cortó la correa de mi cintura mientras otro sostuvo mi cabeza.
—Señora, ¿tomó algún medicamento?
—Dos vitaminas… me las dio mi esposo.
El hombre miró a su compañero.
—Aseguren su habitación. Que nadie toque nada.
Al subir al helicóptero vi a mi padre bajar de otra aeronave. Varios mandos lo saludaron con una seriedad que hizo que Rodrigo entendiera que el “jubilado que alimentaba pájaros” no era quien él creía.
Mi padre subió conmigo.
—No cierres los ojos, Vale.
—No siento al bebé.
La médica colocó un monitor portátil.
Había latido.
Muy débil.
Aterrizamos en un hospital de La Paz y me llevaron directo a quirófano. Lo último que escuché antes de perder el conocimiento fue una orden para preparar una cesárea de emergencia.
Desperté horas después.
Mi madre estaba junto a la cama.
—¿Mi hijo?
—Está vivo —dijo, con los ojos hinchados—. Está en terapia neonatal.
Lloré hasta que la herida de la cesárea me obligó a detenerme.
Había sufrido desprendimiento parcial de placenta y una fuerte hemorragia. Los médicos aún no podían asegurar las secuelas.
—¿Rodrigo?
Mi padre dejó una carpeta sobre la mesa.
—Detenido mientras investigan.
Había fotos y videos. Las cámaras del hotel mostraban a Rodrigo y Camila entrando a mi habitación mientras yo estaba inconsciente. Dos empleados me sacaban en una camilla y, después, Rodrigo apretaba la correa alrededor de mi cuerpo.
Tuve que dejar de mirar.
—Las cápsulas no eran vitaminas —dijo mi padre—. Contenían un sedante. Las consiguió un médico privado contratado por la empresa.
—¿Querían hacerme perder al bebé?
—Eso tendrá que probarlo la fiscalía. Pero sabían que podían lastimarlos.
Después vinieron los mensajes.
Camila había escrito: “Cuando nazca ese niño, nunca te vas a separar de ella. Te va a tener amarrado para siempre”.
Rodrigo respondió: “Después de este viaje va a entender que no puede controlar todo”.
Pero había algo aún peor.
Meses antes, Rodrigo había revisado mis documentos y descubierto que nuestro hijo sería beneficiario de varios fideicomisos. Por eso insistía en que firmara papeles “para simplificar la herencia”. Yo me había negado.
En su computadora apareció un fideicomiso que lo nombraba administrador principal del patrimonio del bebé, con mi firma escaneada. Yo jamás lo había firmado.
Al día siguiente, la fiscalía recuperó una grabación privada hecha por Camila la noche anterior al ataque.
Su voz sonaba nerviosa:
—¿Y si a Valeria le pasa algo?
Rodrigo se rio.
—No le va a pasar nada. Solo quiero asustarla para que deje de sentirse intocable.
—Está de nueve meses.
—Las mujeres exageran.
Hubo un silencio.
Luego Camila preguntó:
—¿Y cuándo te vas a divorciar?
Rodrigo respondió:
—Después del parto. Primero necesito que firme los papeles del niño.
Sentí que el aire desaparecía. Había convertido mi embarazo en una maniobra para quedarse con dinero que ni siquiera era suyo.
Y justo cuando pensé que ya conocía lo peor, mi hermano entró con otra noticia:
—Valeria, el consejo de administración revisó quién financió realmente la empresa de Rodrigo.
Lo miré.
—¿Y?
—Mañana él va a descubrir que la compañía que presume haber construido solo… nunca fue completamente suya.
PARTE 3
Mi hijo se llamaba Mateo.
La primera vez que lo vi estaba dentro de una incubadora, con cables pegados al pecho y una cánula diminuta ayudándolo a respirar. Pesaba poco, se movía poco y, aun así, cuando puse la mano sobre el acrílico, cerró los dedos como si intentara aferrarse a algo.