Negó con la cabeza.
—No me cansé.
—Entonces, ¿por qué no volviste a hablar de ellos?
Se quedó mirando el papel.
—Porque cada vez que hacía algo, ella encontraba la forma de decir que era una tontería. Y empecé a pensar que quizá tenía razón.
Aquella confesión me dolió más que cualquier cosa que mi madrastra me hubiera dicho a mí.
Mi hermano tenía quince años.
Y alguien había conseguido que se avergonzara de algo que se le daba extraordinariamente bien.
Le tomé la mano.
—No tiene razón.
Él tragó saliva.
—Ya lo sé.
Pero por la forma en que lo dijo, comprendí que todavía estaba aprendiendo a creérselo.
La noche del baile llegó tres semanas después.
Mi madrastra había insistido en que no asistiría.
Dijo que no había pagado ningún vestido, que no iba a permitir que yo utilizara el coche familiar para una fiesta y que no pensaba dedicar su tiempo a ayudarme a prepararme para una celebración que consideraba absurda.