Mi madrastra se rió del vestido de fiesta que mi hermano de quince años hizo de los viejos jeans de nuestra madre. A mitad de la noche la música se detuvo y el director cruzó ese pasillo hacia ella.

—¿Tú has hecho esto?

—Sí.

Ella soltó una carcajada.

—Bueno, supongo que servirá para algo. Aunque no esperes que tu hermana aparezca con semejante cosa en un baile de verdad.

Mi hermano se quedó inmóvil.

Yo di un paso hacia ella.

—No tienes que insultarlo.

—No estoy insultándolo. Estoy siendo sincera. No podéis seguir viviendo en el pasado. Vuestra madre ya no está y sus cosas no van a convertirse en reliquias familiares.

Mi hermano apretó los puños.

Por un instante pensé que iba a responderle.

Pero se limitó a quitarle el vestido de las manos.

—No vuelvas a tocarlo.

Lo dijo en voz baja.

Tan baja que mi madrastra dejó de sonreír.

Después él entró en mi habitación, colgó el vestido cuidadosamente en el armario y cerró la puerta.

Aquella tarde, cuando llegué del colegio, lo encontré sentado en el suelo de la cocina.

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